| Inicio | ¿Quienes somos? | Ayuda | Contacto | Accesibilidad | FAQ | Mapa |
| La prostitución de ellos: más oculta, menos esclava |
|
|
|
|
El País 04.09.2010 La reciente redada contra una red que supuestamente explotaba a 80 chicos brasileños en casas de alterne ha puesto cara a una realidad que suele estar escondida: la de la prostitución masculina. Según la versión de la policía, los chicos brasileños llegaban a España engañados con la promesa de un trabajo como bailarines, y para que aguantaran las jornadas laborales (tenían que estar disponibles las 24 horas al día) les daban cocaína, Viagra y poppers (un vasodilatador). Hay 14 detenidos. Tan oculta está la prostitución masculina que si se pregunta al Ministerio de Igualdad, que impulsa desde su creación trabajos sobre la prostitución, la respuesta es que ellos no tienen nada al respecto, que es un fenómeno muy marginal y, sobre todo, con un factor que, claramente, le diferencia de la prostitución femenina: entre los chaperos (un término que alguno de ellos reivindica con la misma energía con que otros lo rechazan) no suele haber explotación. Desde una perspectiva de género, dicen en el Gobierno, las relaciones que estos establecen con sus clientes masculinos (las clientas son minoría y, además, se dedican a una prostitución de lujo, lejos de cualquier sordidez aparente) son más de igual a igual, sin la violencia -explícita o implícita- que se da muchas veces en las relaciones de los hombres con las prostitutas.
Ramón Esteso, coordinador de Inclusión Social de la ONG Médicos del Mundo, describe la diferencia así: "La relación [de los trabajadores del sexo] con sus clientes es más equilibrada, no hay diferencia de género. El chico decide cuándo, cómo y qué hace. No es una relación basada en el poder". Los implicados reconocen que eso es así. Y no solo Mario (36 años) o Ander (26), que, por lo que cobran por servicio -de 100 a 150 euros el primero, más de 80 el segundo- y las condiciones en que lo hacen -en casa u hotel, con contactos por Internet- pueden considerarse "de gama alta". Hasta Juan, un rumano de 24 años que trabaja en la calle desde hace menos de un año dice con orgullo -casi con fiereza- que él hay cosas que no hace. "No soy maricón. Necesito el dinero". Eso sí, admite que cobra poco -"diez o quince euros"-, pero que le sirven para ir tirando mientras encuentra trabajo "en lo que sea". Puede que Juan, arisco en el cara a cara, y que obviamente no se llama así, exagere. Pero puede representar a los trabajadores del sexo que están en la escala -económica- más baja. "En la calle trabajan los más jóvenes. Son sobre todo rumanos y magrebíes", explica Iván Zaro, coordinador del Área de Salud de la Fundación Triángulo, y autor de un extensivo estudio sobre trabajadores del sexo en Madrid. "Muchos son heteros y compaginan el trabajo sexual con pequeños hurtos u otros empleos temporales". En teoría, son los que peor lo pasan, y, a la vez, a los que más cuesta ayudar. "Están tan dañados por su situación de marginalidad que son los más difíciles de recuperar. Tienen, además, muy bajo nivel formativo, y su mayor referencia son sus amigos, en situación parecida, lo que les da valor para seguir", añade Zaro. Mario Blázquez, técnico en salud de Cogam (Colectivo de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales de Madrid) define a este grupo como el "más difícil de alcanzar con los programas de atención". "Vienen a por material (condones, lubricantes) porque les es cómodo y gratis, pero no se dejan ayudar. Como yo digo, no se puede llegar a tocarles el alma, a conocerlos", dice Blázquez. Esteso coincide: "A los hombres les cuesta más pedir ayuda". "Es tanto el estigma, que muchos prefieren decir que lo hacen voluntariamente a admitir que están forzados por la necesidad". Pero lo que sí que tienen, adaptado a sus circunstancias, es una característica que los expertos consultados coinciden en resaltar, y que no se da tan fácilmente en las mujeres, y, mucho menos, en las transexuales: viven el trabajo sexual como algo temporal. Es lo que hace Ander. Este colombiano de 26 años llegó a España para estudiar hace cinco. Hace dos empezó a prostituirse. Ahora lo alterna con "un trabajo normal en una empresa de marketing". Sus jefes no saben que tiene otra ocupación esporádica, pero él cree que "no les importaría". Durante el tiempo que se dedicó en exclusiva al trabajo sexual "ganaba un buen dinerito, más de 2.000 euros al mes". Lo relata como "algo normal". Tanto, que si ahora no lo ha dejado del todo no es por el dinero. O no solo. "Sigo con algunos clientes con los que llevo mucho tiempo. En el fondo son buena gente, y no los puedes dejar tirados de un día para otro. De alguna manera se va creando un vínculo, y estoy comprometido con ellos", cuenta. De hecho, Ander admite que alguno de sus clientes, a base de trato, ha llegado a enamorarse de él. "Pero el peligro es que confundan. Se creen que si hay amor pueden dejar de pagar". Además, de amor él ya está servido. Tiene pareja -otro chico- que sabe a qué se dedica, y que "no le importa". Por cómo lo dice, quien no parece que vaya a tener problema con el amor es Mario. A sus 36 años, ha tenido "tres novios, pero todo salió mal". Todos fueron antes de que se dedicara en exclusiva a la prostitución. "Ahora soy antipareja". Por eso ni se plantea si su trabajo sería compatible con una relación afectiva. "Pero mis amigos saben a qué me dedico, y no hay problema", dice. Mario sabe que lo suyo es una ocupación con fecha de caducidad. Indica orgulloso los blogs donde cuelga sus fotos para captar clientes, donde se ve a un hombre con un cuerpo trabajado en el gimnasio. "Me cuido. El secreto es hacer deporte, comer bien y descansar", dice. Pero sabe que la apariencia física es pasajera. "No tengo planes de futuro. En los cinco años que llevo en esto me he comprado una casa, y me estoy formando como masajista para el futuro", dice. Lo que tiene claro es que no quiere volver a su situación de trabajador poco cualificado, la que tenía cuando hace cinco años dejó una ciudad de provincias y un trabajo en una empresa de artes gráficas para irse a vivir a Madrid. "Estuve en tres empresas, y todo fue lo mismo. Una putadita por aquí, malos rollos por allá. Y encima mal pagado. Ahora trabajo para mí mismo. Yo decido cuántos clientes me hago: si uno, dos o tres al día. El límite me lo pongo yo", cuenta. El asunto de los límites -no solo en la cantidad, sino en las prácticas- es importante, y otra gran diferencia entre hombres, mujeres y transexuales que se dedican a la prostitución. Esteso, de Médicos del Mundo, cree que los chicos lo tienen más fácil. También los datos de Zaro apuntan a que, igual que la inmensa mayoría afirma que se ha metido en la prostitución voluntariamente, deciden más fácilmente qué hacen y qué no. "Yo no hago bareback [en inglés, sexo a pelo, sin condón]" dicen tajantes Mario y Ander. En el estudio de la Fundación Triángulo, un 97% de los encuestados afirmó que "siempre" usaba preservativo. Sin embargo, según los datos del Centro Sandoval, un dispensario de Madrid que atiende gratuita y anónimamente -lo que lo convierte en uno de los sitios favoritos de inmigrantes o personas en situaciones de exclusión-, la situación es muy diferente. Casi un 20% de los trabajadores del sexo dieron positivo a la prueba del VIH en su primera visita, frente, por ejemplo, a un 0,8% de las mujeres con la misma actividad. Aparte de que no sea verdad que los chicos usan el preservativo con sus clientes tanto como dicen, hay otro factor que puede influir: lo que hacen durante sus relaciones personales, con parejas o amigos. Y ahí parece que gran parte de la prevención se viene abajo. Además, quizá Mario y Ander no sean representativos de la mayoría de los trabajadores del sexo. Y, seguramente, Juan tampoco. Hay una parte que trabaja en saunas, clubes y pisos, precisamente donde se supone que hay más facilidad para la explotación. Y, como dice Esteso, lógicamente, a esas casas no hay acceso. "Entramos donde nos dejan, que son muchos sitios, pero no a todos", indica. Además, la ONG ha detectado -porque lo han visto con las mujeres, que son las usuarias mayoritarias de sus programas- que hay un paulatino abandono de la calle para refugiarse en pisos, propios o gestionados por otros. La causa es "la persecución de muchos municipios, con multas por ejercer en la vía pública". Y eso puede aumentar el riesgo de explotación. "En la calle nadie te impide rechazar a un cliente", explica gráficamente Ander. "En una casa...". Pero enseguida matiza que lo dice como una posibilidad, porque él, que a veces ha hecho "estancias" en pisos, nunca ha visto que se forzara a nadie. "De hecho, para ocupar una plaza lo normal es que haya que pedirlo con antelación", dice. La estancia en estos lugares suele durar unas cuantas semanas, no muchas, para evitar lo que el estudio de la Fundación Triángulo califica efecto de cara quemada: que, una vez que los clientes ya conocen al trabajador, pierdan su interés por él para centrarse en los nuevos. En esos pisos, según relata Ander, hay dos sistemas de pago: por día, como alquiler por la habitación, o con el 50% de los ingresos, "lo que sí podría considerarse proxenetismo, aunque hay que tener en cuenta que estar en un piso garantiza clientes, y que el dueño corre con los gastos de la publicidad y el mantenimiento". Lo que le parece más dudoso es que sean los dueños de la casa los que faciliten droga a los huéspedes. "No les interesa tener cantidades en casa, porque al delito de proxenetismo sumarían el de tráfico", dice. Eso no quiere decir que en las casas -y en este trabajo en general- no se tomen estupefacientes. "Seguro que un porro para pasar el rato, y poppers (un vasodilatador que actúa sobre las mucosas) para las relaciones sexuales". ¿Y cocaína? "También, pero en una casa con cinco o seis chicos es peligroso, puede ser más difícil mantener el orden", comenta Ander. Hasta Mario, que se cuida tanto, admite que toma poppers. Esteso, por similitud con lo que pasa en los pisos de mujeres, indica que la cocaína es de uso "muy frecuente". "Así son más manejables y están hasta más contentas", dice. "Y por supuesto, entre los chicos, poppers y Viagra", dice. Pero ¿de verdad no hay explotación en el mundo de la prostitución maculina? Ninguno se atreve a negarlo tajantemente. "Si la hay, esos chicos no vienen a nuestros servicios", dice Blázquez, de Cogam. Zaro es el más remiso. "En ocho años sólo he visto un caso: un chico latinoamericano que se vino siguiendo a su pareja, y este le obligó a tener relaciones con otros hombres. Yo mismo le acompañé a la comisaría", dice. "Pero eso no quiere decir que no haya más".
|