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'Ageism' en el trabajo: “Tengo 38 años y me siento como un dinosaurio. Él acaba de cumplir 21 y ya es directivo” PDF Imprimir E-mail

El Confidencial 04.08.2011

"Tengo 38 años y me siento como un dinosaurio. Ya es prácticamente imposible que me consideren para un puesto de analista", comenta un empleado de banca entrevistado para Organizing age, de Stephen Fineman, profesor emérito de la University de Bath, que analiza cómo nuestra edad construye muchas de las expectativas que tienen sobre nosotros, y de las habilidades y comportamientos que se nos demandan.

  "Sólo tiene 21 años y ya ha alcanzado un puesto directivo". "Está intentado sacarse su primer título a los 40". "No puede enseñar nuevos trucos a un perro viejo", son alguno de los lugares comunes relacionados con la edad que suelen aparecer en las conversaciones sobre los demás, y que si tienen importancia en la vida privada, cobran un enorme peso en la profesional.

La edad supone un marcador inexorable en la empresa. Si en el pasado el ascenso estaba ligado a los años de servicio, hoy las grandes organizaciones suelen despedir o prejubilar a los trabajadores que tienen más de 50. Y ello porque, asegura Fineman, se han dado grandes cambios estructurales en la organización del trabajo que han desmantelado las jerarquías rígidas y las organizaciones piramidales en las que promoción y edad iban de la mano.

"Subir por la escalera corporativa era un proceso gradual en el que se iba ganando estatus por el camino. Hoy las organizaciones son fluidas, descentralizadas, basadas en proyectos, flexibles, organizadas en red. Esto generalmente funciona mejor en una economía globalizada y en mercados que cambian rápidamente". En consecuencia, lo que se recompensa hoy en las empresas "es el conocimiento actualizado, la especialización y la flexibilidad personal, características que no suelen favorecer al trabajador más mayor, especialmente en áreas como la tecnología de la información. La lealtad a largo plazo, por el contrario, es ahora menos importante, e incluso es vista como un hándicap".

En ese contexto, los trabajadores mayores lo están pasando mal, ya que en estos tiempos económicamente duros, "muchas empresas optan por hacerse más pequeñas y por ahorrar costes mediante el reemplazo de los empleados de más edad por otros más jóvenes y baratos. Además, la mayoría de las grandes empresas han optado por eliminar cargos intermedios y por externalizar algunos de sus servicios de soporte, de forma que el trabajador de cuello blanco tiende ya a no ser requerido".

Cómo parecer más joven

En consecuencia, muchos empleados intentan que las marcas de la edad no se noten en su cuerpo (o en su forma de vestir y de comportarse) tratando de parecer más jóvenes y de alejarse con ello de ese final de línea profesional vinculado con el envejecimiento. Hay más cuidado con la ropa que se elige, con el aspecto que se tiene y se tiende a conservar una buena forma física, especialmente si se ha sobrepasado la barrera de los 40.

Para Fineman, en tanto la discriminación por razones de edad ha penetrado en todas las organizaciones laborales, y en tanto "los estereotipos suelen marcar las imágenes que cada cual se forja de sí mismo y de sus compañeros, es muy habitual que se trate de aparecer más atractivo, especialmente a los ojos de los colegas más jóvenes. Hay algunas investigaciones que demuestran que las personas más atractivas son las que llegan más lejos en las organizaciones (lo cual entronca con la perspectiva utilizada por las teorías darwinistas). En ese contexto, las presiones para estar delgado/a son todavía mayores para las mujeres que para los hombres".

Sin embargo, el ageism o discriminación por razones de edad no se produce sólo respecto de una generación determinada. Si muchos trabajadores mayores suelen ser considerados incapaces de evolucionar ("los mayores no quieren cambiar y son incapaces de aprender"), los más jóvenes siempre aparecen como inadecuados si ocupan un lugar de cierta responsabilidad. "Un jefe más viejo no puede apreciar la perspectiva de los jóvenes o está desfasado, pero uno joven es siempre "impetuoso" o "carece de experiencia", etc. La edad está muy relacionada con cómo percibimos la credibilidad/ autoridad en otra persona. Así, cuando un trabajador mayor ha pasado la mayor parte de su carrera tratando de obtener experiencia y promoción, puede encontrar incómodo e injusto ser dirigido por una persona más joven por cualificada que pueda estar. Irracional pero entendible".

Esta situación lleva con frecuencia a subrayar la existencia de un choque de generaciones, tanto en la sociedad como en la empresa. Vivimos en un mundo sujeto a numerosas innovaciones y a continuos avances tecnológicos, que coloca en el centro del escenario la relación entre lo nuevo y lo obsoleto, entre lo que se adapta y lo que se resiste al cambio, entre lo que nos lleva al futuro y lo que se queda anclado en el pasado.

De la Generación X a la Generación Y

En ese contexto, solemos recurrir a etiquetas como Baby Boomers, Generación X o Generación Y, que nos ayudan a hacer más visibles las diferencias generacionales. "Pero tales etiquetas no son más que perchas", asegura Fineman, "de las que se cuelgan toda clase de características. Es muy popular que la gente nos defina, en primera instancia, por nuestra pertenencia a una generación tipo. Pero esta es una base muy débil si queremos entender correctamente lo que analizamos, y lo es aún más si queremos apoyarnos en ella para realizar políticas sociales y organizacionales. Estos estereotipos no sobreviven a un mínimo examen: son caricaturas de brocha gorda que esconden más de lo que revelan. Son una mirada perezosa a la vida y pueden ser muy engañosos".

Para Fineman, estos estereotipos referidos a la edad comparten cierto núcleo con los prejuicios racistas y sexistas, ya que "todos ellos dibujan con los mismos trazos a un grupo muy dispar de personas. Los agrupan bajo el mismo rótulo y los atribuyen las mismas características, a pesar de que muchos de ellos no las comparten. Y eso es algo pernicioso, porque cuanto más se usan tales estereotipos, más comenzamos a definir a los demás (y a definirnos nosotros mismos) a través suyo, lo que acaba dando lugar a profecías autocumplidas".

Esta creciente utilización de los estereotipos está relacionada, afirma Fineman, con que "nuestra sociedad se ha vuelto más narcisista y más obsesionada con las apariencias superficiales al tiempo que ha comenzado a discriminar por razones de edad en muchas y diferentes formas. Las dos cosas han llegado a la vez, de modo que la edad y la apariencia se han hecho muy difíciles de separar". Una tendencia que se refuerza por la acción de las industrias de la imagen, que están obteniendo muchos beneficios con la promesa de que, si usamos sus productos y servicios aparentaremos una edad más juvenil. Pero estas ofertas funcionan, asegura Fineman porque "resuenan en ellas nuestros miedos más profundos acerca de la muerte. Si podemos trabajar nuestros cuerpos para que tengan buena apariencia, si podemos camuflar el envejecimiento, nos podremos engañar pensando que la decrepitud y la muerte pueden ser pospuestas. Pero también funciona porque no parecer tan viejos como somos proporciona capital social, especialmente a las mujeres: cumplidos, parejas, trabajos..."